jueves, 29 de enero de 2015

Alice in Borderlands

This person... is just like me...
Despite losing it all... An irreplaceable thing... The most important thing... Hope...
He's still struggling with the need to live.
He's desperately struggling with the need to continue moving forward.
But... Still... After all...

IT'S A SAD THING TO BE ALONE...


martes, 24 de junio de 2014

Carámbanos




Frío en una calurosa noche estival...
...Gritos silenciosos que ruegan auxilio...
...Soledad

Me cuesta mucho volver a ser como era antes. La apatía y los delirios de Frégoli hacen de mí un tipo bastante risueño. El insomnio permanece, pero por mera costumbre de vivir de noche y dormir de día. El odio hacia todo lo mínimamente aparentase mostrar sentimientos de amor han dejado de darme grima; sigo sin poder aplaudirlos, pero ya no empujaría a una pareja besándose a un volcán en erupción. Ahora es cuando me doy cuenta de que realmente he pasado por una depresión de tres pares de cojones, y no por un periodo de ansiedad transitoria, como quería creer. Es curioso cómo si te empeñas, puedes llegar a creerte tus propias mentiras, y a encubrir tus sentimientos de tal manera que hasta te parezcan extraños a ti mismo. La "Alienación del ser humano" de la que hablaban Hegel y Marx, pero en el contexto del "pa'dentrismo" en lugar de un entorno social. Modelo incipiente de estos filósofos, ya que, si no te tienes a ti mismo, ¿cómo esperas tener algo de los que te rodean?
Pues esa es mi historia, he vivido sin vivir una tupa de años, como un receptáculo vacío y hermético; como una playa en invierno; como un disco rayado, tocando una y otra vez la misma sonata repetitiva y triste. 

Pero hoy por fin puedo decir que esta no es una entrada triste.

Es solamente una vista al pasado, una comparación de lo mal que estuve y lo bien que me encuentro ahora conmigo mismo. Ni el humo de los porros puede llevarme a la nube en la que estoy ahora. Estoy Over-hypeado. He pasado de ser un Snorlax, perezoso y sin metas en la vida a un Gengar, siempre sonriente, y con una maleta llena de expectativas a mis espaldas. Por fin me identifico con Ted Mosby. Solo que sin las modelos con las que está en su paso pr encontrar a la madre de sus hijos. Pero no hay prisa. Hoy me he conquistado a mí, mañana el mundo, y luego las titis lloverán del cielo cual Napalm sobre aldeas vietnamitas.

STAY GOLD

sábado, 21 de junio de 2014

Mil Vidas

¿Es posible trascender más allá de nuestra propia existencia? ¿Es posible viajar a los confines del universo y desenredar el tejido mismo del tiempo y el espacio? ¿Es posible alcanzar el plano astral de tal manera que nos volvamos un ser intangible? Es posible.
Yo mismo, junto a millones de personas, somos el ejemplo mismo de que es posible superar los límites de la realidad, y que nuestros "yo interno" viajen hasta otro receptáculo en el que habitar.

Porque Josema Porras no salvó Hyrule, pero yo sí que lo hice.
Porque jamás comerá una fruta del diablo, pero yo sí.
Porque jamás se subió a bordo de la Tardis, pero yo sí.

Porque José Manuel Porras no es un Esper y jamás lo será, pero yo sí.

Esto es una oda al bello mundo de la fantasía, pasaporte que borra las fronteras entre una insulsa vida gris y miles de millones de mundos, que perdurarán, al igual que este, mucho después de que muramos. Dentro de 60 años, un joven podrá revivir la historia de Terra Branford, viviendo durante un par de semanas otra vida que no es la suya. Podrá echar una meada desde lo alto del Muro de mano de G.R.R. Martin, mucho tiempo después de que este muera. Una chica podrá  este verano ver "Paprika", y adentrarse en la complejidad de la mente de una persona con doble personalidad, y aún le sobrará tiempo para salir con sus amigas e ir a la piscina con su cuerpo terrenal.

En definitiva, en esta vida podemos llegar a ser lo que nos propongamos, y yo me he propuesto vivir más vidas de la que me corresponde, porque estos tiempo y espacio se me quedan pequeños.

Buenas noches.

viernes, 16 de mayo de 2014

Dream On 1

Capítulo 1

El zumo del coco le recorre la comisura de los labios. Su inesperada frescura le refresca la boca, mientras el tórrido sol de la playa tropical reseca su morena piel. A la sombra de una flagrante palmera, tumbado sobre la blanca arena, se encuentra Jerry, abrazado a una despampanante joven cuyo nombre ni sabe, ni posiblemente sepa pronunciar. Los cabellos oscuros y lisos de la chica yacen inmóviles y dispersos alrededor de ella, formando una bella contraposición con la arena bajo su cuerpo desnudo. No hay nada salvo el cocotero, ellos dos y el mar con su continuo arrullo. Por no haber no hay ni ropa. Parece ser que en este sueño Jerry no ha considerado conveniente el dotarse ni tan siquiera de unos harapos con los que tapar sus partes pudendas. Porque esto es un sueño, Jerry sabe que esto no es real, por lo que decide sacar provecho de la situación y crear un clima con el que pueda alegrarse la vista. De este modo, decide que ya está bien de sentimentalismos y ñoñerías y decide pasar a la acción. O, mejor dicho, decide que otros pasen a la acción. La joven de oscuros cabellos comienza a besarle la cara, con una delicadeza y una sensualidad difíciles de describir. Sus gruesos labios rozan cada una de los rincones de su torso, brillante por el sudor y los restos de saliva de la fémina. A medida que la joven comienza a bajar la cabeza, se empieza a perfilar una sonrisa en la cara de Frank. Para él, el arte del bello sexo es un misterio fuera de los sueños, por lo que trata de desquitarse todo lo que puede en ellos, haciendo de las mujeres que aparecen en ellos poco más que sus esclavas. Mila Kunis; su compañera de trabajo que no ni que existe; la estudiante que coge a diario el autobús con él; la señora que pide a la puerta del supermercado de al lado de su casa. Su libido no conoce límites. No recuerda dónde vio a la chica de este sueño, pero ¿Qué importa eso cuando eres un Dios en tu propio reino?
Jerry estira el cuello hacia atrás y sonríe mirando al cielo, completamente blanco, como si el escenario en el que se encuentran fuese un dibujo hecho con poco esfuerzo en un folio.
Este veinteañero resentido con la vida espera deseoso la tan ansiada felación cuando suena el despertador. Las 7:00 de la mañana. "Me cago en mi puta vida" refunfuña mientras que con la mano derecha termina el trabajo que la joven debería haber terminado.
Tras limpiarse con un pañuelo, anda con paso lento hacia la ducha. Ve en el del baño al mismo hombre gordo, con una incipiente calvicie, de rostro cansado y mirada perdida. La barba que no termina de salir nunca tampoco será afeitada hoy. Se ducha rápidamente y se prepara y toma el desayuno de igual manera, ataviado únicamente con unos calzoncillos. Las persianas se mantienen semicerradas durante todo el día, por lo que una lúgubre oscuridad impera en lo que debería ser un magnifico día de Julio. Con tiempo de sobra, se enfunda su traje con lamparones y su corbata cuyo origen hace ya tiempo olvidó y se dirige a la parada del autobús. Por el camino, mira de manera disimulada los escotes de las chicas por la calle. No está satisfecho sexualmente y su desmesurada lujuria le hace sentirse realmente incómodo y furioso. Cuando los comercios aún no han abierto, Jerry se sienta en la marquesina de la parada del autobús. Un hombre de unos cincuenta años lee junto a él el periódico y una adolescente que bien podría ser una de las chicas que aparecen en sus sueños teclea con gran rapidez el teclado de su teléfono móvil. Apenas pasan coches a esa hora, y menos en un barrio residencial tan apartado del centro. Jerry está con el cuerpo flexionado y las manos sujetan su cabeza, mientras los codos se apoyan en las rodillas y sus dedos palpan preocupados las entradas cada vez más acentuadas que su frente hace sobre su cuero cabelludo. Se haya divagando sobre un documental que vio la noche anterior sobre un músico que no había escuchado en su vida cuando un destello rojo pasó a su lado a toda velocidad.
Una escuálida chica de unos 25 años, con un pelo de un rojo intenso propio de un tinte muy barato o de una putada digna de la más cruel de las novatadas universitarias, ataviada con una botas militares que le llegaban casi hasta las rodillas, medias a rallas horizontales rojas y negras, falda vaquera y una camiseta de tirantes negra con un gran smiley amarillo sobre sus pequeños pechos corre jadeante con un montón de folios sueltos y doblados bajo su brazo. El sudor hace que la piel sobre sus clavículas brille, y el cuello de su camiseta comience a mojarse.
Jerry no presta especial atención en ella, al no considerarla especialmente atractiva, continúa con su fijación por tocarse la frente de manera casi enfermiza.

Aún no sabe que este fortuito encontronazo cambiará su gris y miserable vida.

domingo, 4 de mayo de 2014

Éranse una vez Candy y Dan.

Todo era muy acalorado aquel año. La cera se derretía en los árboles, él se subía a los balcones, se subía a todo, hacía lo que fuera por ella. Pobre Danny, miles de pajarillos adornaban su cabello. Todo era dorado. Una noche la cama ardió. Él era guapo y un delincuente muy bueno. Vivíamos a base de sol y chocolate. La tarde era de un placer extravagante. Danny el intrépido, Candy se perdió. Los últimos rayos de sol del día cruzaban como tiburones. "Esta vez quiero probarlo a tu manera". Irrumpiste en mi vida y me gustó. Nos revolcamos en el fango de nuestra felicidad. Yo estaba empapada de rendición. Entonces hubo una separación de las cosas, y la tierra se quedó a oscuras.
Eso es lo que buscan. Contigo en mi interior se produce en mi interior el matrimonio de la muerte. Jamás volveré a dormir. El monstruo en la piscina. Está en la naturaleza del perro ladrar a gatos y a pollos y a todo lo que se mueva. Miré por todas partes. A veces te detesto. Durante  mucho tiempo. Viernes. No era esa mi intención. Madre de la tristeza. Ángel de la tormenta. Has dicho cosas. Prometiste. Apuntaste al cielo. Demanda,oferta. Mírame, ¿dónde estabas tú cuando todo se fastidió? Los pájaros. Vete volando a alguna parte.  Jodidamente, ¿uh? Eres muy divertido, Dan. Un jarrón de flores junto a la cama. Te hice una brecha en la cabeza. Sobre el respaldo de la cama. Pero el bebé murió por la mañana, y tú viniste. Su nombre era Thomas, pobre Jesusito. Su corazón late como un tambor de vudú.


domingo, 26 de enero de 2014

¿Será ella?

Una ventana en medio de la densa niebla de esta anodina ciudad que, en su nimiedad, no vela por nadie. Un pequeño fulgor, un insignificante destello en mitad de esta cerrada noche que nos acompaña. Quince farolas al margen derecho de este camino de caballos de metal. Dos farolas al margen izquierdo. Un cielo anaranjado contaminado por un exceso de luz, y, sin embargo los tejados que rodean esa susodicha cuadrícula permanecen oscuros como el mundo de los que no sueñan.

Pasan motos, pasan coches, y sin embargo no puedo apartar la mirada de esa ventana. No entiendo muy bien el porqué. Quizás esa solitaria luz entre tanta oscuridad sea una metáfora de la recurrente luz que me lleva atormentando tantísimo tiempo y que tanto anhelo. O quizás sea solamente una manera de evitar estudiar. Ahora mismo no estoy ni psicológica, ni intelectualmente capacitado para determinar mi desorden. Aunque, ahora que lo pienso, nunca lo he estado realmente.

Algún día profundizaré acerca de lo que siento. Pero ahora mismo sólo puedo pensar en esta mierda de asignatura que me absorbe como aquél que come gelatina.

Pero lo cierto es que esa ventana me intriga, me atrae y me aterra a partes desiguales...

jueves, 23 de enero de 2014

Doce menos cuarto menguante

El olor a tabaco predomina en el ambiente. Me dispongo a escribir acerca de la brevedad de los días, de la fugacidad de la vida, o de lo terriblemente ansioso que me siento debido a la vida que no vivo desde hace meses. Y quién dice meses dice años. En el ambiente resuenan composiciones de violín y algunos instrumentos de viento que no consigo identificar. La música siempre me ha ayudado a poner en orden mis pensamientos.
Escribo, transformo las palabras en largos párrafos en los que critico la soledad inherente al que se siente diferente. Pero no consigo transformar las palabras en hechos. Me falta el coraje necesario para afincar mi sitio en el mundo. Para dejar mi nombre en la historia, aunque sea la historia de alguien.

Mientras me desquito con el portátil, me comienza a embriagar un aroma a flores blancas que identifico como perfume de mujer. Hace tiempo que nadie pisa mi morada, y menos aún alguien del sexo opuesto. La puerta está cerrada y las persianas corridas, de este modo nadie puede perturbar mi estado de vigilia inconsciente, donde vivo sin vivir y duermo sin soñar, por eso me cuesta comprender el porqué de esta intromisión en lo más profundo de mi mismidad, que es mi hogar. La luz tenue, como de costumbre, hace de la habitación un lugar tétrico, donde las sombras de los diversos objetos moran a sus anchas. Bailando unas con otras. Entrelazándose. Festejando un ritual silencioso, como una tribu que celebra la cosecha alrededor del fuego.

Allí, en el marco de la puerta, apoyada sobre un hombro, y con las piernas cruzadas, está ella. La chica de los sueños que no tengo. La Diosa que tendría si creyese en algo más allá de lo meramente carnal.

Me levanto del sofá sin apartar un momento la mirada de sus grandes ojos marrones. Temo que, en el momento en que pestañee, aunque sea una milésima de segundo, ella se marche para no volver.
Sus ojos, agazapados en el ambiente oscuro que rodea la sala, brillan con luz propia, como los de un gato acechando en mitad de la fría noche a un pájaro que, en un descuido, se ha caído del nido. Y yo soy un gorrión. Su gorrión.

Su precioso pelo negro brilla con una frágil majestuosidad. Es, posiblemente, la oscuridad más cálida y acogedora que haya visto nunca. Un mechón de cabello se balancea por delante de su oreja izquierda, y yo me acuno en su aroma, que se ha vuelto más poderoso a medida que he ido avanzando. Me acerco lentamente, sin articular una sola palabra. Casi sin respirar. El nudo que tengo en la garganta y la taquicardia que me está produciendo su sola presencia me hacen parecer un completo imbécil. Un baboso. Un gilipollas con cada una de las letras.

Intento poner en orden mis pensamientos, y creo llegar a la conclusión de que el tiempo de ser un cobarde debe llegar a su fin. Ante mí se encuentra lo más parecido a comprensión que encontraré nunca en un ser humano, y un amasijo de temblores y balbuceos no harán que se quede, de modo que decido armarme de valor y levantar la cabeza alto:

- Hola, ¿te conozco?- le digo, mientras esbozo un intento de sonrisa y pretendo parecer lo menos imbécil posible.

Ella sin embargo, no me contesta. En lugar de ello se acerca a mi con paso lento, pero firme y seguro. Todo lo contrario de mí, que me hallo petrificado, como si fuera Medusa y no un ángel quién se estuviese acercando. A medida que avanza, su aura comienza a brillar con más fuerza, iluminando todo a nuestro alrededor. Las sombras ya no bailan su tribal danza alrededor del fuego. Como si la noche hubiese dado paso al día, los jolgorios se transformaron en placenteros sueños para las sombras de mi recóndita morada.

Para cuando se encuentra a medio metro de mí, el fulgor es tan poderoso que apenas puedo mantener los ojos abiertos. Se detiene durante un par de segundos, momento en el que puedo contemplarla completamente. Lleva un largo vestido rojo. Hasta entonces no había reparado en nada que no fuese su rostro, pero aquel vestido sin duda resaltaba su hermosura. Como una Diosa griega que rebosa majestuosidad, perfección y erotismo a partes iguales, ella extiende los brazos y se acerca. Sus facciones se ven cada vez más nítidas a medida que se aproxima.

Mis piernas tiemblan con vida propia, mi corazón está más cerca de la fibrilación que de la taquicardia y sin embargo no puedo más que ahogarme en la profundidad de sus ojos. Es entonces cuando mete sus brazos entre mis brazos y pecho y me da la mayor muestra de humanidad que he recibido nunca. Me abraza con fuerza. Con tanta fuerza que olvido todo hasta el momento en el que me encuentro. Mi nombre, mi trabajo, mis conocidos y aficiones. Todo es superfluo. No existe esta ciudad, ni este mundo, ni nada más allá de estos dos pedazos de piel que somos ella y yo. Fuera del círculo que forma con sus brazos se haya el silencio, frío y oscuro al que me hube acostumbrado. Sin embargo, la calidez de su cuerpo me ha hecho darme cuenta que hay algo más allá de las penumbras. Algo por lo que merece la pena seguir vivo. Ahora mi mundo gira en sincronía con el ritmo de su respiración.

La rodeo con mis brazos, y cierro los ojos para atesorar cada una de las sensaciones que estoy descubriendo. Tras una eternidad enfrascada en un segundo, separa su mano izquierda de mi espalda y me toca con suavidad la mejilla, mientras que acerca su boca a mi oreja derecha. Es entonces cuando pronuncia en un susurro, casi inaudible, las únicas palabras que oí de sus labios:

- La vida no es esperar a que pase la tormenta, es aprender a bailar bajo la lluvia.

Tras esa afirmación se separó ligeramente de mí, y me miró frente a frente a los ojos. Y no podría decir ahora si era ella quién lloraba, si era yo, o si eran los pájaros que, en un lugar que parecía lejano de donde nos encontrábamos, habían decidido ponerse a cantar. Entonces cerró los ojos y comenzó a acercar su cara a la mía, al igual que yo. Necesitaba ese beso que corroborase que mi nuevo mundo era real, algo tangible a lo que poder agarrarme cuando cayera, a quién dar mi felicidad. Pero dice el poema que los sueños, sueños son. Y esto era demasiado perfecto para ser real. En el momento en que sus labios rozaron mis labios sonaron a mi alrededor millones de cristales resquebrajándose. Al abrir los ojos, me hallaba flotando sobre una inmensa oscuridad, sin un suelo definido bajo mis pies, mientras llovían millones de pedacitos de cristal minúsculos a mi alrededor. Cristales de los más vivos colores, pero que no podían compararse con el fondo negro que les rodeaba. Cuando hubieron desaparecido bajo mis pies todos ellos, caí en la cuenta de que era demasiado bonito para ser real, que la vida puede ser maravillosa, sí, pero no te va a regalar nada si no sales fuera de tu zona de seguridad.

Y entonces desperté. "Desperté de ser niño" como dijo Miguel Hernández. Desperté en todos los sentidos posibles de la palabra. Para bien o para mal, algo irreemplazable se rompió en mi interior aquella noche. Y he de admitir que, aunque sea casi enfermero, cuesta aceptar que el esparadrapo no soluciona todos los desaguisados de la vida. Aunque quizás esté bien que no lo haga...