El olor a tabaco predomina en el ambiente. Me dispongo a escribir acerca de la brevedad de los días, de la fugacidad de la vida, o de lo terriblemente ansioso que me siento debido a la vida que no vivo desde hace meses. Y quién dice meses dice años. En el ambiente resuenan composiciones de violín y algunos instrumentos de viento que no consigo identificar. La música siempre me ha ayudado a poner en orden mis pensamientos.
Escribo, transformo las palabras en largos párrafos en los que critico la soledad inherente al que se siente diferente. Pero no consigo transformar las palabras en hechos. Me falta el coraje necesario para afincar mi sitio en el mundo. Para dejar mi nombre en la historia, aunque sea la historia de alguien.
Mientras me desquito con el portátil, me comienza a embriagar un aroma a flores blancas que identifico como perfume de mujer. Hace tiempo que nadie pisa mi morada, y menos aún alguien del sexo opuesto. La puerta está cerrada y las persianas corridas, de este modo nadie puede perturbar mi estado de vigilia inconsciente, donde vivo sin vivir y duermo sin soñar, por eso me cuesta comprender el porqué de esta intromisión en lo más profundo de mi mismidad, que es mi hogar. La luz tenue, como de costumbre, hace de la habitación un lugar tétrico, donde las sombras de los diversos objetos moran a sus anchas. Bailando unas con otras. Entrelazándose. Festejando un ritual silencioso, como una tribu que celebra la cosecha alrededor del fuego.
Allí, en el marco de la puerta, apoyada sobre un hombro, y con las piernas cruzadas, está ella. La chica de los sueños que no tengo. La Diosa que tendría si creyese en algo más allá de lo meramente carnal.
Me levanto del sofá sin apartar un momento la mirada de sus grandes ojos marrones. Temo que, en el momento en que pestañee, aunque sea una milésima de segundo, ella se marche para no volver.
Sus ojos, agazapados en el ambiente oscuro que rodea la sala, brillan con luz propia, como los de un gato acechando en mitad de la fría noche a un pájaro que, en un descuido, se ha caído del nido. Y yo soy un gorrión. Su gorrión.
Su precioso pelo negro brilla con una frágil majestuosidad. Es, posiblemente, la oscuridad más cálida y acogedora que haya visto nunca. Un mechón de cabello se balancea por delante de su oreja izquierda, y yo me acuno en su aroma, que se ha vuelto más poderoso a medida que he ido avanzando. Me acerco lentamente, sin articular una sola palabra. Casi sin respirar. El nudo que tengo en la garganta y la taquicardia que me está produciendo su sola presencia me hacen parecer un completo imbécil. Un baboso. Un gilipollas con cada una de las letras.
Intento poner en orden mis pensamientos, y creo llegar a la conclusión de que el tiempo de ser un cobarde debe llegar a su fin. Ante mí se encuentra lo más parecido a comprensión que encontraré nunca en un ser humano, y un amasijo de temblores y balbuceos no harán que se quede, de modo que decido armarme de valor y levantar la cabeza alto:
- Hola, ¿te conozco?- le digo, mientras esbozo un intento de sonrisa y pretendo parecer lo menos imbécil posible.
Ella sin embargo, no me contesta. En lugar de ello se acerca a mi con paso lento, pero firme y seguro. Todo lo contrario de mí, que me hallo petrificado, como si fuera Medusa y no un ángel quién se estuviese acercando. A medida que avanza, su aura comienza a brillar con más fuerza, iluminando todo a nuestro alrededor. Las sombras ya no bailan su tribal danza alrededor del fuego. Como si la noche hubiese dado paso al día, los jolgorios se transformaron en placenteros sueños para las sombras de mi recóndita morada.
Para cuando se encuentra a medio metro de mí, el fulgor es tan poderoso que apenas puedo mantener los ojos abiertos. Se detiene durante un par de segundos, momento en el que puedo contemplarla completamente. Lleva un largo vestido rojo. Hasta entonces no había reparado en nada que no fuese su rostro, pero aquel vestido sin duda resaltaba su hermosura. Como una Diosa griega que rebosa majestuosidad, perfección y erotismo a partes iguales, ella extiende los brazos y se acerca. Sus facciones se ven cada vez más nítidas a medida que se aproxima.
Mis piernas tiemblan con vida propia, mi corazón está más cerca de la fibrilación que de la taquicardia y sin embargo no puedo más que ahogarme en la profundidad de sus ojos. Es entonces cuando mete sus brazos entre mis brazos y pecho y me da la mayor muestra de humanidad que he recibido nunca. Me abraza con fuerza. Con tanta fuerza que olvido todo hasta el momento en el que me encuentro. Mi nombre, mi trabajo, mis conocidos y aficiones. Todo es superfluo. No existe esta ciudad, ni este mundo, ni nada más allá de estos dos pedazos de piel que somos ella y yo. Fuera del círculo que forma con sus brazos se haya el silencio, frío y oscuro al que me hube acostumbrado. Sin embargo, la calidez de su cuerpo me ha hecho darme cuenta que hay algo más allá de las penumbras. Algo por lo que merece la pena seguir vivo. Ahora mi mundo gira en sincronía con el ritmo de su respiración.
La rodeo con mis brazos, y cierro los ojos para atesorar cada una de las sensaciones que estoy descubriendo. Tras una eternidad enfrascada en un segundo, separa su mano izquierda de mi espalda y me toca con suavidad la mejilla, mientras que acerca su boca a mi oreja derecha. Es entonces cuando pronuncia en un susurro, casi inaudible, las únicas palabras que oí de sus labios:
- La vida no es esperar a que pase la tormenta, es aprender a bailar bajo la lluvia.
Tras esa afirmación se separó ligeramente de mí, y me miró frente a frente a los ojos. Y no podría decir ahora si era ella quién lloraba, si era yo, o si eran los pájaros que, en un lugar que parecía lejano de donde nos encontrábamos, habían decidido ponerse a cantar. Entonces cerró los ojos y comenzó a acercar su cara a la mía, al igual que yo. Necesitaba ese beso que corroborase que mi nuevo mundo era real, algo tangible a lo que poder agarrarme cuando cayera, a quién dar mi felicidad. Pero dice el poema que los sueños, sueños son. Y esto era demasiado perfecto para ser real. En el momento en que sus labios rozaron mis labios sonaron a mi alrededor millones de cristales resquebrajándose. Al abrir los ojos, me hallaba flotando sobre una inmensa oscuridad, sin un suelo definido bajo mis pies, mientras llovían millones de pedacitos de cristal minúsculos a mi alrededor. Cristales de los más vivos colores, pero que no podían compararse con el fondo negro que les rodeaba. Cuando hubieron desaparecido bajo mis pies todos ellos, caí en la cuenta de que era demasiado bonito para ser real, que la vida puede ser maravillosa, sí, pero no te va a regalar nada si no sales fuera de tu zona de seguridad.
Y entonces desperté. "Desperté de ser niño" como dijo Miguel Hernández. Desperté en todos los sentidos posibles de la palabra. Para bien o para mal, algo irreemplazable se rompió en mi interior aquella noche. Y he de admitir que, aunque sea casi enfermero, cuesta aceptar que el esparadrapo no soluciona todos los desaguisados de la vida. Aunque quizás esté bien que no lo haga...
Escribo, transformo las palabras en largos párrafos en los que critico la soledad inherente al que se siente diferente. Pero no consigo transformar las palabras en hechos. Me falta el coraje necesario para afincar mi sitio en el mundo. Para dejar mi nombre en la historia, aunque sea la historia de alguien.
Mientras me desquito con el portátil, me comienza a embriagar un aroma a flores blancas que identifico como perfume de mujer. Hace tiempo que nadie pisa mi morada, y menos aún alguien del sexo opuesto. La puerta está cerrada y las persianas corridas, de este modo nadie puede perturbar mi estado de vigilia inconsciente, donde vivo sin vivir y duermo sin soñar, por eso me cuesta comprender el porqué de esta intromisión en lo más profundo de mi mismidad, que es mi hogar. La luz tenue, como de costumbre, hace de la habitación un lugar tétrico, donde las sombras de los diversos objetos moran a sus anchas. Bailando unas con otras. Entrelazándose. Festejando un ritual silencioso, como una tribu que celebra la cosecha alrededor del fuego.
Allí, en el marco de la puerta, apoyada sobre un hombro, y con las piernas cruzadas, está ella. La chica de los sueños que no tengo. La Diosa que tendría si creyese en algo más allá de lo meramente carnal.
Me levanto del sofá sin apartar un momento la mirada de sus grandes ojos marrones. Temo que, en el momento en que pestañee, aunque sea una milésima de segundo, ella se marche para no volver.
Sus ojos, agazapados en el ambiente oscuro que rodea la sala, brillan con luz propia, como los de un gato acechando en mitad de la fría noche a un pájaro que, en un descuido, se ha caído del nido. Y yo soy un gorrión. Su gorrión.
Su precioso pelo negro brilla con una frágil majestuosidad. Es, posiblemente, la oscuridad más cálida y acogedora que haya visto nunca. Un mechón de cabello se balancea por delante de su oreja izquierda, y yo me acuno en su aroma, que se ha vuelto más poderoso a medida que he ido avanzando. Me acerco lentamente, sin articular una sola palabra. Casi sin respirar. El nudo que tengo en la garganta y la taquicardia que me está produciendo su sola presencia me hacen parecer un completo imbécil. Un baboso. Un gilipollas con cada una de las letras.
Intento poner en orden mis pensamientos, y creo llegar a la conclusión de que el tiempo de ser un cobarde debe llegar a su fin. Ante mí se encuentra lo más parecido a comprensión que encontraré nunca en un ser humano, y un amasijo de temblores y balbuceos no harán que se quede, de modo que decido armarme de valor y levantar la cabeza alto:
- Hola, ¿te conozco?- le digo, mientras esbozo un intento de sonrisa y pretendo parecer lo menos imbécil posible.
Ella sin embargo, no me contesta. En lugar de ello se acerca a mi con paso lento, pero firme y seguro. Todo lo contrario de mí, que me hallo petrificado, como si fuera Medusa y no un ángel quién se estuviese acercando. A medida que avanza, su aura comienza a brillar con más fuerza, iluminando todo a nuestro alrededor. Las sombras ya no bailan su tribal danza alrededor del fuego. Como si la noche hubiese dado paso al día, los jolgorios se transformaron en placenteros sueños para las sombras de mi recóndita morada.
Para cuando se encuentra a medio metro de mí, el fulgor es tan poderoso que apenas puedo mantener los ojos abiertos. Se detiene durante un par de segundos, momento en el que puedo contemplarla completamente. Lleva un largo vestido rojo. Hasta entonces no había reparado en nada que no fuese su rostro, pero aquel vestido sin duda resaltaba su hermosura. Como una Diosa griega que rebosa majestuosidad, perfección y erotismo a partes iguales, ella extiende los brazos y se acerca. Sus facciones se ven cada vez más nítidas a medida que se aproxima.
Mis piernas tiemblan con vida propia, mi corazón está más cerca de la fibrilación que de la taquicardia y sin embargo no puedo más que ahogarme en la profundidad de sus ojos. Es entonces cuando mete sus brazos entre mis brazos y pecho y me da la mayor muestra de humanidad que he recibido nunca. Me abraza con fuerza. Con tanta fuerza que olvido todo hasta el momento en el que me encuentro. Mi nombre, mi trabajo, mis conocidos y aficiones. Todo es superfluo. No existe esta ciudad, ni este mundo, ni nada más allá de estos dos pedazos de piel que somos ella y yo. Fuera del círculo que forma con sus brazos se haya el silencio, frío y oscuro al que me hube acostumbrado. Sin embargo, la calidez de su cuerpo me ha hecho darme cuenta que hay algo más allá de las penumbras. Algo por lo que merece la pena seguir vivo. Ahora mi mundo gira en sincronía con el ritmo de su respiración.
La rodeo con mis brazos, y cierro los ojos para atesorar cada una de las sensaciones que estoy descubriendo. Tras una eternidad enfrascada en un segundo, separa su mano izquierda de mi espalda y me toca con suavidad la mejilla, mientras que acerca su boca a mi oreja derecha. Es entonces cuando pronuncia en un susurro, casi inaudible, las únicas palabras que oí de sus labios:
- La vida no es esperar a que pase la tormenta, es aprender a bailar bajo la lluvia.
Tras esa afirmación se separó ligeramente de mí, y me miró frente a frente a los ojos. Y no podría decir ahora si era ella quién lloraba, si era yo, o si eran los pájaros que, en un lugar que parecía lejano de donde nos encontrábamos, habían decidido ponerse a cantar. Entonces cerró los ojos y comenzó a acercar su cara a la mía, al igual que yo. Necesitaba ese beso que corroborase que mi nuevo mundo era real, algo tangible a lo que poder agarrarme cuando cayera, a quién dar mi felicidad. Pero dice el poema que los sueños, sueños son. Y esto era demasiado perfecto para ser real. En el momento en que sus labios rozaron mis labios sonaron a mi alrededor millones de cristales resquebrajándose. Al abrir los ojos, me hallaba flotando sobre una inmensa oscuridad, sin un suelo definido bajo mis pies, mientras llovían millones de pedacitos de cristal minúsculos a mi alrededor. Cristales de los más vivos colores, pero que no podían compararse con el fondo negro que les rodeaba. Cuando hubieron desaparecido bajo mis pies todos ellos, caí en la cuenta de que era demasiado bonito para ser real, que la vida puede ser maravillosa, sí, pero no te va a regalar nada si no sales fuera de tu zona de seguridad.
Y entonces desperté. "Desperté de ser niño" como dijo Miguel Hernández. Desperté en todos los sentidos posibles de la palabra. Para bien o para mal, algo irreemplazable se rompió en mi interior aquella noche. Y he de admitir que, aunque sea casi enfermero, cuesta aceptar que el esparadrapo no soluciona todos los desaguisados de la vida. Aunque quizás esté bien que no lo haga...
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